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26 M A NTENER L A ESPER A NZ A Los cristianos confiamos en que el Señor dispone todas las cosas para el bien (Romanos 8, 28). Sí, ¡eso incluye las conversaciones incómodas durante la cena y la ensalada navideña de tu tía abuela! ¡Él se servirá de todo para sacar un bien! Mantenemos la esperanza de que, al final, la verdad prevalecerá. Mantenemos la esperanza de que Dios está haciendo algo en nuestro corazón y en el de nuestra familia, aunque en este momento no podamos ver qué es. Mantene- mos la esperanza de que Dios desea la conversión de nues- tros seres queridos, ¡y la nuestra!, más de lo que nosotros mismos la deseamos. Mientras nos preparamos para las próximas fiestas, quizá sintamos angustia ante las difíciles conversaciones que podrían surgir durante la cena. Es comprensible. Pero ¡no tengan miedo! El Señor nos dará las gracias que necesitamos para afrontarlas bien. Jesús será nuestro modelo y maestro. "Ellos nunca van a cambiar", quizá digas. Tal vez no. Eso le corresponde a Dios. Nuestra responsabilidad no es cam- biar a la otra persona, sino amarla como Jesús la ama. Y eso comienza por permanecer en la mesa. ENCONTR A R A L AS PER SONAS DONDE ESTÁ N Dios ha hecho mucho para con- quistar tu corazón. No se quedó lejos, sentado en una nube, esperando a que dejaras de pecar y lo eligieras. Al contrario, te ha bendecido abundante- mente, aunque no lo merecías. Murió por ti, incluso antes de que eso signi- ficara algo para ti. Te ha ofrecido los sacramentos y te regala su misericordia cada vez que vuelves a él. En otras palabras, Dios siempre ha salido a tu encuentro exactamente dónde estás. Jesús no se quedó en Nazaret espe- rando a que la gente acudiera a él. Aunque eran imperfectos, Jesús fue a buscarlos. Entró en sus hogares, en sus lugares de trabajo y de culto. Escuchó sus historias, sanó sus enfermedades y les habló de la verdad de la manera en que mejor podían recibirla. Para ser como Jesús, tenemos que encontrarnos con las personas donde están. Eso significa estar dispuestos a escuchar sus experiencias y puntos de vista, aunque no estemos de acuerdo con ellos. Las conversiones rara vez suceden de la noche a la mañana o durante una sola comida. Pero cuando encontramos a las personas donde están, cultivamos la buena voluntad y abrimos la posibilidad de hablar incluso de las verdades difíciles con gran amor. Y no subestimemos el poder de un sencillo acto de servicio. Jesús reali- zaba con frecuencia actos de servicio, por ejemplo, sanaba a los enfermos o multiplicaba los panes para alimentar a las multitudes. Con ello mostraba a las personas que se preocupaba por ellas y las ayudaba a abrirle el corazón. Un acto de servicio puede ayudar a derribar barreras cuando tratamos de encontrarnos con alguien donde está. OCTUBRE-NOVIEMBRE 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO 2 3

