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12 JUNIO-JULIO 2025 | EL PUEBLO CATÓLICO A mediados de la década de 1970, el padre John Joseph O'Connor realizaba un retiro anual en el monasterio carmelita ubicado en el perímetro del campo de concentra- ción de Dachau, epicentro simbólico de la violencia, la muerte y la oscuri- dad del mal que caracterizó el siglo XX. Durante esos días de oración, recibió una gracia transformadora que guiaría el resto de su vida y su misión como obispo, arzobispo y cardenal. Relató la experiencia así: "Al meter las manos en los hornos semicirculares de ladrillo rojo del crematorio, sentí las cenizas entremez- cladas de judío y cristiano, rabino, sacerdote y ministro. Con el corazón destrozado, mi alma exclamó: '¡Dios mío! ¿Cómo pudieron los seres humanos hacerle esto a otros seres humanos?'". En ese instante, el cardenal O'Connor recibió el pro- fundo don de ver con los ojos de Dios la sagrada e infi- nita dignidad de cada persona humana, sin importar su tamaño, su enfermedad o su debilidad. "Mi historia favorita del Antiguo Testamento es la de Moisés y la zarza ardiente. Dios todopoderoso le dijo 'Moisés, quítate las sandalias, porque el lugar donde pisas es tierra santa'. Desde mi viaje a Dachau… no puedo acer- carme a nadie sin sentir que debo quitarme los zapatos, porque donde estoy es tierra santa", expresó el cardenal. El poder de la comunión en comunidad Dado que la necesidad humana de pertenecer —de tener un lugar en una comunidad o familia— está literalmente inscrita en nuestro ADN espiritual, una experiencia de auténtica comunidad cató- lica, de "pertenencia", es el contexto más eficaz para nuestro servicio caritativo y para la evangelización. Permítanme compartir con ustedes un encuentro que tuve que ilustra este punto. Al subir a un avión, una joven (la llamaré Karen) se sentó a mi lado. Tenía veintitantos años, era hermosa y llena de vida. Con la esperanza de poder orar un par de horas, me retorcí para sacar mis libros de oración de debajo del asiento y le sonreí con disculpa. Ella aprovechó la oportunidad y dijo: "Qué curioso que estés aquí. Siempre he querido saber más sobre la Trinidad". La miré atónita. ¿Quién pregunta sobre la Trinidad? Entonces, usando la analogía del amor conyugal, del dar y recibir amor total y fructífero entre esposos, compartí con ella la mejor manifestación humana del amor y la vida de Dios. Como dice el Catecismo: "Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1 Coríntios 2, 7-16; Efesios 3, 9-12); él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en él" (CIC 221). Karen me miró con asombro y dijo: "Sabía que Dios iba a hacer algo grande durante este viaje. Estoy a punto decidir dejar mi matrimonio". Y así, iniciamos una conversación que abarcó medio país y exploramos una forma de amar que le permitiera mante- ner su compromiso con su matrimonio incluso en la dificul- tad actual. El ataque a la comunión del amor en el matrimonio y la vida familiar fue la primera y la más antigua de las estra- tegias del maligno. Es tan antigua como el Génesis, tan antigua como Adán y Eva, una estrategia que el enemigo usa para destruir la fe del hombre en el don del amor humano y, en última instancia, en un Dios que es Amor. Porque la comunión en comunidad —dondequiera que se encuentre, por ejemplo, en el matrimonio y la vida familiar, dentro de la "familia de la fe", la parroquia o la "familia extendida" de la arquidiócesis— puede ser la imagen humana más cercana del amor y la vida de Dios. Vivir en comunión con los demás requiere la gracia de Dios. Mi nueva amiga, Karen, aprendió esto hablando de la Santísima Trinidad a 9,000 metros de altura. Se hizo más evidente en su corazón cuando se unió a nosotros para orar ante Jesús Eucaristía en la capilla de nuestro convento de Manhattan. Moisés, quítate las sandalias, porque el lugar donde pisas es tierra santa". ÉXODO 3, 5 12 JUNIO-JULIO 2025 | EL PUEBLO CATÓLICO

