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Me miró y dijo: "Pero yo solo quiero ser tu amigo". Golpeada por sus palabras, me quedé muda. Lo miré por un instante, dándome cuenta de que acababa de encontrarme con el mismísimo Jesús, disfrazado de manera angustiante en la pobreza de su gente. Rompiendo la mirada, revisé mi reloj para confirmar la hora, le deseé una buena noche y me dirigí hacia mi coche. Me senté allí, atónita y avergon- zada de mi propio amor tan limitado. En el segundo libro de Los hermanos Karamazov de Dostoyevski, encon- tramos al anciano Zossima acompa- ñado de innumerables visitantes del monasterio que buscan su presencia, sabiduría e intercesión. Durante una de esas visitas, Zossima conversa con una madre que sufre debido a la enfer- medad de su hija y la insuficiencia de su propio amor mientras intenta cuidar de su niña enferma. Zossima le responde con palabras que podemos tomar a pecho cuando nos enfrenta- mos a la fragilidad de nuestra propia capacidad de amar. "Nunca tengas miedo de tu propia debilidad al alcanzar el amor. No tengas miedo ni siquiera de tus malas acciones. Lamento no poder decirte algo más conso- lador, porque el amor en acción es algo duro y aterrador comparado con el amor en los sueños. El amor en los sueños es codicioso de acción inmediata, realizada rápidamente y ante la vista de todos. Los hombres incluso darían sus vidas si la prueba no durara mucho y fuera breve, con todos mirando y aplau- diendo como si estuvieran en el escenario. Pero el amor activo es trabajo y fortaleza, y para algunas personas, quizás, una ciencia completa. Pero predigo que justo cuando veas con horror que, a pesar de todos tus esfuerzos, te alejas más de tu meta en lugar de acercarte, en ese mismo momento predigo que la alcanzarás y verás claramente el poder milagroso del Señor que te ha estado amando y guiando misteriosamente todo el tiempo". Es hermoso idealizar el amor a los demás porque Cristo nos ama, pero a menudo puede ser una "cosa difícil y aterradora" vivir la realidad del ideal. Nos enfrentamos a los límites de nuestro amor en circunstancias que exigen que realmente vayamos más allá de nosotros mismos. En ese momento afuera de la catedral, des- cubrí que este tipo de amor es difícil. Intenté amar basándome solo en mis esfuerzos y me quedé corta. En su primera carta, el apóstol san Juan exhorta a su rebaño a amar "porque él nos amó primero". Luego dice: "Si alguien dice: 'Yo amo a Dios', y a la vez odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Juan 4, 19-20). Con frecuencia, vivimos en la comodidad de nuestra relación personal con el Señor y elegimos olvidar que el evangelio nos manda amar a Dios y a los demás, a amarnos unos a otros debido a nuestro amor por Dios y (lo más importante) su amor por nosotros. El hombre afuera de la catedral conocía ese mandato y personificaba al Señor al invitarme a arriesgarme a encontrarme con la pobreza de mi hermano a través de mi propia pobreza, revelando el imperativo del evangelio de la caridad. Aturdido por los resultados de mi amor egocéntrico, el Señor nos recuerda hoy que desea amarnos a través de nosotros, en nosotros y con nosotros. Jesús entra en nuestra rea- lidad para reconciliarnos no solo con él, sino también unos con otros. Como Zossima le aconseja a esa madre en busca de su sabiduría pater- nal, nos revela a cada uno de nosotros "el poder milagroso del Señor que [nos] ha estado amando y guiando misteriosamente todo el tiempo". Esta es la gracia que debemos pedir: que el Señor nos ame a cada uno de nosotros y que, a su vez, seamos guia- dos para participar en las misteriosas formas de su amor por su pueblo, nuestros hermanos y hermanas. ⊲ 8 ABRIL-MAYO 2025 | EL PUEBLO CATÓLICO

