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2026_EPC_Octubre-Noviembre

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continuación, me gustaría exponer los principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, situán- dolos en el contexto de Estados Unidos, como guía de preparación para las próximas elecciones. La sociedad existe con un propósito. Su obje- tivo es alcanzar el bien común, que la Iglesia define como el conjunto de condiciones sociales necesarias para el florecimiento de todas las personas y comunidades (Gaudium et Spes, 26). Los seres humanos somos racionales y sociales y no podemos alcanzar nuestro bien por nosotros mismos. Cooperamos y dependemos unos de otros tanto para nuestro sustento material como para nuestras necesidades superiores, entre ellas la educación y la vida espiritual. Aunque el secularismo busca separar los bienes materiales de los espirituales, el florecimiento humano, que refleja la unidad de cuerpo y alma, requiere un desarrollo integral de la persona. Por ello, la sociedad existe para crear las condiciones nece- sarias para ambos tipos de bienes. En Estados Unidos estamos acostumbrados a escuchar que la principal prioridad de nuestro país y, por lo tanto, de la elección de nuestros gobernantes, es la economía. En medio de una crisis por el alto costo de vida, es comprensible que la economía reciba mayor atención, pero nuestro compromiso con el bien común se debilita cuando nos olvidamos de otros asuntos importantes. De hecho, poner la actividad eco- nómica por encima de todo convierte a la per- sona humana en un instrumento para alcanzar un fin material. Por eso, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: "Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad eco- nómica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden social. Un sistema que 'sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción' es contrario a la dignidad del hombre" (2424, citando Gaudium et Spes, 65). El bien común no consiste simplemente en alcanzar la mayor producción económica posible, como podría ocurrir en un capitalismo desenfre- nado, ni puede alcanzarse subordinando la digni- dad de la persona humana al conjunto de la colec- tividad, como sucede en el comunismo. Por esta razón, la Iglesia destaca un segundo principio como absolutamente innegociable en su enseñanza social: la dignidad de la persona humana. Sin este principio fundamental, la socie- dad socava sus propios cimientos, pues existe pre- cisamente para el desarrollo pleno de las personas. La Iglesia rechaza las propuestas que sacrificarían la vida de algunos en beneficio aparente de la socie- dad. Esta forma de pensar ha creado una cultura de la muerte que considera prescindibles a las per- sonas cuando sus vidas resultan inconvenientes, especialmente a los no nacidos, a los ancianos y a las personas con discapacidad. San Juan Pablo II señala que no es posible alcan- zar el bien común mientras se socava este derecho fundamental: "No es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano" (Evangelium Vitae, 101). ¿Cómo podría una sociedad afirmar que con- duce a sus miembros hacia su pleno florecimiento si ni siquiera puede garantizarles la vida? La digni- dad de la persona es fundamental porque se radica en "quién" es la persona y no en "qué" hace. Los bienes externos están destinados a servir a la per- sona, no al revés. A La encíclica Evangelium Vitae del PAPA SAN JUAN PABLO II afirma la dignidad sagrada de la vida humana y hace un llamado a protegerla desde la concepción hasta la muerte natural. 6 OCTUBRE-NOVIEMBRE 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO

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