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2 OCTUBRE-NOVIEMBRE 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO D os hermanos heredan la granja familiar y la dividen por la mitad. Uno está casado y tiene ocho hijos; el otro es soltero. Al llegar el momento de la cosecha, el hermano casado se da cuenta de que su familia estará ahí para apoyarlo, pero su hermano está solo. Así que decide llevar en secreto parte de su grano al granero de su hermano, en medio de la noche. Al mismo tiempo, el hermano soltero piensa en la numerosa familia de su hermano y ve que sus necesidades son mayores. Sin saber lo que planea hacer su hermano, él también decide llevar en secreto parte de su propio grano al gra- nero de su hermano temprano por la mañana. Así continuaron durante años, hasta que un día uno de los hermanos salió más tarde de lo acostumbrado y el otro, más temprano. Se encontraron en el límite de sus terrenos y, al darse cuenta de lo que cada uno había estado haciendo, soltaron sus carretillas y se abrazaron. Les pido disculpas si ya me han escuchado contar esta historia, pero para mí tiene un sig- nificado muy especial, sobre todo porque crecí en el oeste de Nebraska. Me encanta porque nos COLUMNA DEL ARZOBISPO SALIR AL ENCUENTRO La verdadera unidad comienza en Jesucristo y se hace vida en el amor sacrificado, el servicio y la disposición a llevar el evangelio más allá de los muros de nuestras iglesias, a un mundo que tanto lo necesita. POR EL ARZOBISPO JAMES GOLKA muestra dos cosas que me llenan de esperanza para nuestra Iglesia y nuestro país: la unidad y la caridad. Vivimos en una época marcada por los des- acuerdos y la hostilidad, con poco diálogo y muchos gritos. Sin embargo, estos dos herma- nos y el propio evangelio nos enseñan lo que significa vivir unidos aun en medio de circuns- tancias distintas. Los hermanos eran diferentes; tenían experiencias y necesidades distintas, pero se unieron por el amor que se tenían. También los apóstoles provenían de distintos ambientes, pero se unieron en el amor al Señor y entre sí. Desde su elección, el papa León XIV nos ha llamado providencialmente a una unidad sobrenatural, recordándonos que "En el único Cristo somos uno". Solo en Jesucristo podemos encontrar esa poderosa unidad de la que habla san Pablo en Gálatas 3, 28: "de modo que ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús". Jesucristo nos hace uno. ¿Cómo? Mediante una caridad constante, es decir, el amor a Dios y al prójimo. Movidos por un amor profundo, los dos hermanos se entregan con sacrificio para ayudarse mutuamente. Según la lógica del mundo, lo que hacen no tiene sentido. Pero según la lógica de Dios, tiene todo el sentido. La Iglesia primitiva vivió esto de manera extraordinaria. De hecho, uno de los primeros autores no cristianos informó al emperador romano que los cristianos se comportaban de manera extraña: se amaban unos a otros, incluso hasta el sacrificio, y cuidaban de las viudas, los extranjeros, los encarcelados y los pobres.

