Issue link: https://elpueblocatolico.uberflip.com/i/1546120
NUEVAS INCLINACIONES: ¿QUÉ AMO? Con piernas recreadas, ahora puedes caminar, pero ¿hacia dónde te diriges? Las virtudes teologales, concedi- das en el bautismo, brotan de la gracia santificante. La fe, la esperanza y la caridad actúan como un nuevo sistema de orientación que te ayuda a identificar la meta hacia la que debes avanzar: Dios mismo. Sin las virtudes teologales, tu inteligencia no puede contemplar a Dios y tu voluntad no puede elegirlo como bien supremo. Dicho de manera sen- cilla, la fe inclina tu inteligencia a conocer a Dios y la espe- ranza y la caridad inclinan tu voluntad a amarlo. En cierto sentido, las virtudes teologales funcionan como un nuevo centro de gravedad. A causa del pecado original, tu centro de gravedad se desplazó hacia ti mismo, poniendo por encima de todo el "yo". Te convertiste en tu propio dios e hiciste "lo que te parecía bien" (Jueces 21, 25). En el bautismo, Dios infunde en tu alma la fe, la esperanza y la caridad, desplazando nuevamente tu centro de grave- dad hacia él. Cuando realizas actos de fe, esperanza y cari- dad, tu vida nueva te atrae hacia donde debes ir. Por eso, cuando se pregunta "¿Qué amo?", el bautismo te permite responder con claridad: "Estoy interiormente orientado hacia Dios por la fe, la esperanza y la caridad; lo conozco, confío en él y lo amo por encima de todas las cosas". Sin embargo, todavía existe un problema: necesitas más ayuda porque, aunque tienes una nueva naturaleza y nuevas inclinaciones, no posees por ti mismo la fuerza necesaria para moverte o actuar correctamente; necesitas nuevas acciones. NUEVAS ACCIONES: ¿QUÉ PUEDO HACER? Imagina que eres un niño en la cocina de tu casa. De pie sobre tus propias piernas, sientes una atracción interior hacia un frasco de galletas colocado sobre el refrigerador, pero eres dema- siado pequeño para alcanzarlo. Sabes que las galletas son buenas y que las deseas. Entonces extiendes el brazo hacia lo alto con la esperanza de tomarlas. En ese momento eres levantado por los aires. Tu padre te ha sostenido en alto y ahora puedes alcanzar el frasco y tomar el premio. Para estas nuevas acciones, Dios derrama tres dones más en tu vida: las virtudes morales infusas, la inhabitación del Espíritu Santo y los dones del Espíritu Santo. Cuando Dios te concedió las virtudes mora- les infusas en el bautismo —prudencia, justicia, templanza y fortaleza sobrenaturales— elevó tus hábitos naturales y te ayudó a actuar en orden a la unión con Cristo. Sin embargo, cuando actúas con estas virtudes sobrenaturales, eres quien dirige la acción. Es como remar una barca: tu esfuerzo es ayudado por la gracia. Pero Dios quiere ayudarte aun más fácilmente a caminar hacia la unión con él; por eso te concede el don más grande: se da a sí mismo. En tu bautismo, cuando recibiste la virtud teologal de la caridad, también recibiste la pre- sencia de Dios. La caridad en tu alma te con- vierte en un templo, morada del Espíritu Santo. Además, junto con el Espíritu Santo, el donador trae consigo sus dones. Son estos dones los que te permiten ser movido por el Espíritu Santo. Como el padre que levanta a su hijo o como el viento que impulsa las velas de una embarca- ción, el Espíritu Santo te mueve con una nueva facilidad sobrenatural. Cuando actúas mediante los dones, no eres tú quien conduce únicamente con tu esfuerzo y tu razón; cooperas dejando que el Espíritu Santo te mueva directamente. Por eso, ante la pregunta "¿Qué puedo hacer?", después del bautismo puedes responder: "Puedo actuar sobrenaturalmente por medio de las virtudes, la presencia y los dones del Espíritu Santo". ⊲ "En el bautismo, Dios infunde en tu alma la fe, la esperanza y la caridad, desplazando nuevamente tu centro de gravedad hacia él". Foto de Ashley Ortiz AGOSTO-SEPTIEMBRE 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO 8

