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2026_EPC_Agosto-Septiembre

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quí encontramos una afirmación sorprendente de nuestra fe cristiana: cuando nacemos en este mundo, comenzamos en una condición espiritual semejante a esta. Aunque esta- mos vivos en la carne, estamos espiritualmente muertos. Debido al pecado original, toda persona humana nace separada de la vida eterna de Dios. Pero… "¡No tengan miedo!". Más extraordinaria que la muerte es la vida nueva en Jesucristo, su vida divina. Por su pasión, muerte y resurrección, los cojos caminan, los sordos oyen, los mudos hablan y los muertos resucitan. San Pablo nos enseña: "¿O es que ignoran que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos incorporados a su muerte? Por medio del bautismo fuimos, pues, sepultados con él en la muerte, a fin de que ... también nosotros vivamos una vida nueva" (Romanos 6, 3-4). Cuando fuiste sumergido en las aguas de la pila bautis- mal, descendiste con él al sepulcro. Cuando emergiste, su vida nueva se hizo realidad en ti. De manera asombrosa, el bautismo hace todavía más que devolver la vida a tu alma muerta; te concede la gracia para vivir y actuar con su fuerza, de modo que puedas vivir la vida cristiana, adorarlo y amarlo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuer- zas (Marcos 12, 30). El Catecismo enumera muchas gracias sobrenaturales ¿QUÉ SUCEDE concedidas en el bautismo (1262-1274). Sin embargo, la descripción puede parecer una comida compartida en la parroquia: muchos dones, pero sin un orden evidente. Resulta útil comprender cómo estos dones forman parte de la "recreación" de nuestra humanidad por parte de Dios en cuatro niveles sucesivos: nueva perte- nencia, nueva naturaleza, nuevas inclinaciones y nuevas acciones. NUEVA PERTENENCIA: ¿DE QUIÉN SOY? Por medio del agua y de las palabras del bau- tismo, Dios utilizó este rito externo para producir poderosos efectos espirituales en nuestro inte- rior. Cuando se celebra como la Iglesia lo dispone, Dios mismo imprime un sello en tu alma para reclamarte como "pueblo adquirido, destinado a anunciar las alabanzas" (1 Pedro 2, 9). Este carác- ter sacramental no es solamente una marca de pertenencia; también es un poder espiritual que te capacita para ser como Jesús, para ser miem- bro de su Cuerpo y para participar en el culto mediante su sacerdocio. Sin embargo, aunque eres miembro de su Cuerpo por el carácter bautismal, no implica automáticamente que seas un miembro vivo. Para que los sacramentos den todo su fruto, no debe haber obstáculos al flujo de su gracia. Podemos imaginarlo como si el Padre impri- miera la imagen del Sagrado Corazón en lo más profundo de tu alma para que su sangre, fuente de vida, pueda derramarse en tu existencia. Este sello nunca puede ser borrado. Sin embargo, dos obstáculos pueden impedir ese flujo: la falta de una fe auténtica y de arrepentimiento por el pecado. Afortunadamente, si fuiste bautizado REALMENTE EN A Imagina que estás junto a una tumba recién cubierta de tierra. Llamas a quien está sepultado, pero no responde. Le pides que camine y no hay movimiento. Le pides que escuche y sus oídos no pueden oír. Le pides que alabe a Dios y sus labios no pueden pronunciar ninguna alabanza bajo tierra. AGOSTO-SEPTIEMBRE 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO 6

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