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2026_EPC_Agosto-Septiembre

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C omo diácono, he tenido la bendición de bautizar a más de 100 niños. De todos esos momentos, ninguno me ha conmovido más profundamente que bautizar a seis de mis nueve nietos. He estado en muchos lugares a lo largo de mi vida. Como oficial de policía, fui testigo tanto de tragedias como de momentos de gracia. Como esposo y padre, he experimentado las alegrías y los desafíos de la vida familiar. Como diácono, he estado junto a alta- res, sepulturas, camas de hospital y celebraciones de bodas. Sin embargo, hay algo especialmente conmo- vedor en sostener a un niño sobre la pila bautismal. Tal vez sea porque en ese momento el futuro está literalmente en tus manos. Todavía recuerdo a cada uno de mis nietos. Sus pequeños dedos aferrándose a los míos. Las sonrisas de sus padres. Los familiares inclinándose hacia ade- lante con ilusión. Luego, el agua. En algunos de los bautismos que celebro, he tenido la bendición de utilizar la inmersión, una anti- gua práctica de la Iglesia que se remonta a los prime- ros cristianos. Hay algo profundamente hermoso en sumergir a un niño en el agua y volverlo a sacar. Es un signo que habla directamente al corazón. Después, los padres y abuelos suelen decirme que nunca olvi- darán esa imagen. Tal vez sea porque el agua está entretejida en la historia de toda vida humana. Antes de que cual- quiera de nosotros viera la luz del día, vivimos en el agua. Durante nueve meses, cada uno fue llevado con seguridad en el vientre de su madre, rodeado de las aguas que lo alimentaban y lo protegían. Mucho antes de dar nuestro primer aliento, la vida ya florecía en ese mar oculto. El agua es el lugar donde comienza la vida humana. También es donde comienza la vida nueva en Cristo. Desde los primeros versículos del Génesis, cuando el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas, pasando por Noé y el diluvio, por los israelitas que atravesaron el Mar Rojo y por el río Jordán, donde Cristo mismo entró en las aguas, la historia de la salvación fluye constantemente a través del agua. Durante la liturgia bautismal, la hermosa oración de la Iglesia recuerda estos momentos de salvación. Allí, sosteniendo a uno de mis nietos, a menudo siento como si toda la histo- ria de la salvación convergiera en ese único instante. La vida brota con fuerza. El agua toca la cabeza del niño o, en el caso de la inmersión, lo envuelve por completo, y entonces recuerdo que Dios nunca termina de escribir su histo- ria en nuestras vidas. Con los años, he aprendido que el bautismo rara vez se trata únicamente del niño. Con frecuencia se convierte en un encuentro con toda la familia. Muchos padres y padrinos que se presentan aman profundamente a sus hijos y desean lo mejor para ellos. Sin embargo, muchos reconocen que no han estado practicando activamente su fe. Algunos vienen porque un abuelo los animó con delicadeza. Otros vienen porque el nacimiento de un hijo ha despertado preguntas que no se habían planteado en años. Como abuelo, entiendo el deseo de transmitir algo valioso a la siguiente generación. Como padre, entiendo la responsabilidad. Como diácono, veo una oportunidad. La reunión de preparación para el bautismo suele ser mucho más que una explicación de los requisitos o una conversación sobre los padrinos. Se convierte en un diálogo sobre la familia, el discipulado y la esperanza. Es una oportunidad para recordarles a los padres que llevar a un hijo al bautismo no es la meta final; es la línea de partida de una misión. Una realidad que he observado es que muchos católicos hoy han recibido los sacramentos, pero no siempre han sido catequizados adecuadamente. Nunca fueron plenamente formados para vivir la fe. Aman a Dios, pero con frecuencia no se sienten segu- ros de cómo orar, asistir fielmente a la Misa o enseñar a sus hijos acerca de Cristo. Sin embargo, también he sido testigo de algo her- moso. El nacimiento de un hijo puede reabrir puertas que parecían cerradas. Padres que se habían alejado de la Iglesia comienzan a asistir nuevamente a la Misa. Los matrimonios regresan al sacramento de la reconciliación. Las familias vuelven a vincularse con la vida parroquial. Una solicitud de bautismo es el primer paso en un camino renovado con Cristo. POR EL DIÁCONO ERNESTO MARTÍNEZ Director de diáconos Arquidiócesis de Denver 30 AGOSTO-SEPTIEMBRE 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO

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