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ARZOBISPO JAMES R. GOLKA | EL PUEBLO CATÓLICO S O M O S U N P U E B LO PA S CUA L . Eso no es solo algo que decimos; es lo que somos. La resurrección de Jesucristo lo cambia todo. Significa que, sin importar lo que enfren- temos, la última palabra nunca es la pérdida ni el desaliento, sino la vida. Significa que Dios siempre está haciendo algo nuevo, incluso cuando no lo vemos de inmediato. Eso es verdad al inicio de un nuevo capítulo como este. Y también lo es en los días ordina- rios que vienen después. Cuando entré por primera vez a la Cate- dral Basílica de la Inmaculada Concepción en Denver como su arzobispo, la invitación que llevaba en el corazón era sencilla: dejen que Cristo los sostenga. No solo en los grandes momentos. No solo cuando la vida va bien. Sino en todo. Con mucha frecuencia, pasamos rápida- mente a lo que tenemos que hacer, a nuestras responsabilidades, a nuestros planes, e incluso a nuestros esfuerzos por servir a la Iglesia. Pero el punto de partida siempre es el mismo: recibir el amor de Cristo. Permitirle que se acerque. Saber que no estamos solos. A H Í E S D O N D E TO D O CO M I E NZ A . En Jesús, Dios no permanece distante. Se acerca. Entra plenamente en nuestras vidas, en nuestras alegrías, nuestras luchas y nuestras heridas, y se queda. Se nos entrega por com- pleto y lo sigue haciendo, especialmente en la Eucaristía. Ahí nos alimenta, nos fortalece y nos recuerda quiénes somos. Y hace todo esto de manera personal. No de forma general, sino por cada uno de nosotros. Dios quiere hacer eso contigo y conmigo. La Sagrada Escritura nos da esta promesa: "Voy a hacer nuevas todas las cosas" (Apocalipsis 21, 5). Esa promesa no se refiere solo al final de los tiempos. Está sucediendo ahora. El Señor está obrando de maneras silenciosas, renovando corazones, fortaleciendo la fe y llamando a las personas a acercarse más a él. A veces lo vemos con claridad. A veces no. Pero él siempre está obrando. De ahí brota la misión de la Iglesia. No es algo que inventemos ni administremos por nuestra cuenta. Es algo que recibimos. El Señor invita a cada uno de nosotros, por medio de nuestro bautismo, a participar en ella, a conocerlo, a amarlo y a ayudar a otros a conocerlo. Y muchas veces, esa misión se vive de formas sencillas y ocultas: en una conversa- ción, en un acto de misericordia, en el testimo- nio silencioso de una vida fiel. El Señor se sirve de esos momentos más de lo que imaginamos. E S A M I S I Ó N N O S P E R T E N ECE A TO D O S . En el centro de todo está Jesucristo. Él es quien nos guía. Él es quien nos mantiene unidos. Él es quien nos envía hacia adelante. Mi esperanza, como su arzobispo, es simple- mente permanecer cerca de él y ayudar a otros a hacer lo mismo. Ya he visto cuán viva está la fe aquí en el norte de Colorado, en sus parroquias, en sus familias, en las formas silenciosas en que uste- des se sirven y se cuidan unos a otros. Es un regalo estar aquí con ustedes y recorrer juntos este camino. Dondequiera que te encuentres al leer esto, ya sea en un momento de alegría o en uno más difícil, recuerda: Cristo ha resucitado. Y está cerca. Deja que se acerque a ti. Deja que renueve lo que necesita renovar. Deja que te sostenga. Y sigamos caminando juntos en la fe, la esperanza y la caridad como pueblo pascual. Un comienzo silencioso 3 ARZOBISPO JAMES R. GOLKA | EL PUEBLO CATÓLICO

