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El cristianismo dio primacía al amor antes que a los mandamien- tos, a la razón o a la vida virtuosa. No negó su valor, los devolvió a su lugar propio como respuesta al amor que recibimos primero. Ese amor arrojó una luz nueva sobre qué es una vida feliz y cómo se vive. Significaba dejarse amar por Dios y permitir que su amor dé fruto en nosotros. San Pablo vivió esto con profundo asombro: "Me amó y se entregó por sí mismo por mí" (Gálatas 2, 20). Ahí estaba la fuente de su nueva vida y de su actividad desbordante. Desde su camino hacia Damasco, solo pudo entender su existencia como respuesta a ese amor. Siglos después, san Agustín vivió algo semejante a lo que había experimentado san Pablo. Se dejó sorprender por la gracia y en ella encontró la fuerza para vivir las bienaventuranzas. Un contemporáneo suyo, un monje de carácter severo llamado Pelagio, situaba el origen no en la gracia, sino en capacidades que Dios nos dio al crearnos. Agustín lo confrontó: "¿Por qué me muestras el ideal y no aquello que me permite vivirlo?". Sin el amor de Dios, ningún ideal es posible. Así afirmó para los siglos venideros la prima- cía de la gracia y del amor. Incluso las virtudes no serían sino estrate- gias del amor, sus expresiones concretas en las diversas dimensiones de la vida. Santo Tomás de Aquino expresó esta verdad con sabiduría. Colocó la caridad, el amor a Dios, como madre en cuyo seno nacen las virtudes y como forma que imprime su grandeza en nuestro cora- zón. Al recibir el amor de Dios por el Espíritu Santo, ese amor rege- nera nuestro corazón, nos concede una nueva luz sobre la grandeza de nuestra vida y nos da una nueva fuerza para vivirla. Una vida feliz es ahora vivir en amistad con Dios, llegar a ser como él y ser transformados en Cristo. El amor de Dios precede y engendra nuestra razón y nuestras virtudes, las ilumina desde dentro y las configura como verdaderas excelencias humanas. Y esto no se nos da como un ideal que debemos alcanzar, sino como un don ini- cial de Dios que forma nuestra libertad y nuestra razón, haciéndolas capaces de florecer. Hoy enfrentamos nuevos desafíos. ¿Qué es una vida feliz? ¿Una vida de éxito profesional? ¿Una vida guiada por los sentimientos? ¿Una vida de pura determinación? ¿Solo eso? En este panorama, la novedad del cristianismo sigue brillando con luz nueva. Una vida feliz consiste en llevar a plenitud lo que Dios ha comenzado en nosotros, en permitir que el amor recibido florezca. Así, nuestra libertad, nuestros afectos y nuestra razón pueden llegar a un amor pleno y unificado. Entonces podremos realizar acciones que nos hagan florecer como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros, construyendo una sociedad verdaderamente humana en la que Dios esté presente. 20 ABRIL-MAYO 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO

