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8 ABRIL-MAYO 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO E S P E R A NZ A I N Q U E B R A N TA B L E Cuando un bebé recién nacido experimenta dolor, frío o hambre, la teoría del apego nos dice que el contacto y la voz de un cuidador atento le enseñan a su sistema nervioso, que apenas comienza a desarrollarse, a autorregularse. Los bebés "toman prestada" la calma de sus padres. ¿Podrán nuestros amigos "tomar prestada" nues- tra esperanza? ¿Es tu confianza en la Providencia de Dios lo suficientemente firme como para que tu amigo pueda apoyarse en ella? San Pedro nos dice: "Den culto al Señor, Cristo, en nuestro interior, siem- pre dispuestos a dar respuesta a quien les pida razón de nuestra esperanza. Pero háganlo con dulzura y respeto" (1 Pedro 3, 15). Cada parte de esta afirmación es esencial para la evangelización de las personas desilusionadas de nuestro tiempo. Antes de explicar nuestra esperanza con dulzura y respeto (por favor, que no suene de manera defensiva), tenemos que reco- nocer a Cristo como Señor. No es el Señor solo de mi corazón, en un sentido relativista. ¡Es el Señor de todo! Si Jesús no es Señor de todas las personas, de todos los acontecimientos, del universo entero, ¿por qué pondríamos nuestra esperanza en él? Si queremos ser lo suficiente- mente fuertes para sostener a otros, necesitamos alimentar esta fe, esperanza y caridad en nuestra oración diaria y en nuestra participación en los sacramentos. Desde ahí, podemos imitar la fe de José en el Antiguo Testamento. Vendido como esclavo por sus hermanos, José llegó a ocupar un puesto de Aunque ustedes pensaron hacerme daño, Dios lo pensó para bien". GÉNESIS 50, 20 8 autoridad en Egipto gracias a su fidelidad cons- tante a Dios (ver Génesis 37–50). Cuando más tarde se encuentra con sus hermanos, en lugar de acusarlos por el daño real que le hicieron, interpreta los giros de su vida con un resumen impresionante y lleno de esperanza: "Aunque ustedes pensaron hacerme daño, Dios lo pensó para bien" (Génesis 50, 20). J E S Ú S , N U E S T R O E J E M P LO Dios demostró plenamente la verdad de esa afirmación de José en la crucifixión de Jesús. No se puede imaginar un mal mayor que la tortura y el asesinato del Hijo de Dios. Y, sin embargo, de esa profunda oscuridad provocada por el corazón humano corrompido, el poder de la bondad de Dios venció incluso a la muerte. La Resurrección de Jesús también nos muestra cómo actúa la Providencia de Dios en nuestra vida: un bien último no minimiza la atrocidad real del pecado y del sufrimiento; más bien, la confirma y la redime. ¿Tu sufrimiento duele de verdad? También el sufrimiento de Jesús dolió de verdad. ¿Alguien realmente quiso hacerte daño cuando abusó de ti o te lastimó? Jesús también vivió algo semejante. Y aun con toda esa mon- taña de desorden, el plan bueno de Dios para la salvación del mundo fue más poderoso. Mi esposo y yo adoptamos a nuestros hijos cuando ya estaban algo mayores, con edad sufi- ciente para recordar algunas de las dificultades que vivieron en su primer hogar. Cuando esos recuerdos les causan angustia o el dolor de la pér- dida se vuelve pesado, vamos juntos a uno de los muchos crucifijos que tenemos en casa. Me gusta preguntarles: "¿Por qué colgamos un cruci- fijo en la pared?". Por lo general, res- ponden con toda razón: "Para recordarnos que Jesús nos ama". Sí. Pero el crucifijo también nos muestra que cualquier situación dolorosa o desordenada que estemos viviendo, él la entiende. Conoce el corazón humano herido y lo sana perma- neciendo con nosotros. Nunca te dejará solo. Y, como testigo suyo, yo tampoco. ABRIL-MAYO 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO

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