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4 EL PUEBLO CATÓLICO | EDICIÓN ESPECIAL L A M I S E R I CO R D I A D E D I O S LO E S TO D O Cuando estaba en el seminario, uno de mis apostolados fue en el Hospital Luterano. Recuerdo haber hablado y escuchado a una mujer que, décadas atrás, se había sometido a un aborto. Ella creía que Dios nunca la perdona- ría. Le dije que no podía escuchar su confesión (ya que todavía era seminarista), pero que me aseguraría de que un sacerdote fuera a verla. Le aseguré que Dios la perdonaría. Unas semanas después recibí una carta suya, en la que me decía que se había confesado. Se sentía libre de la vergüenza y de la culpa. Me agra- decía profundamente y me decía que, gracias a mí, había crecido su confianza en la misericordia del Padre. Aquella carta no solo confirmó mi lla- mado al sacerdocio, sino que también me enseñó que el amor, la misericordia y el perdón del Padre son dones puros cuando abrimos el corazón a él y nos arrepentimos de nuestro pecado. Además, al reflexionar con ello a lo largo de los años, me enseñó que Dios es fiel a sus promesas: "Aunque fuesen sus pecados rojos como la grana, como nieve blanquearán; y así rojeasen como el carmesí, como lana quedarán" (Isaías 1, 18). "Como se alzan sobre la tierra los cielos, igual de grande es su amor con sus adeptos; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros crímenes" (Salmos 103, 11-12). El don de la mise- ricordia del Padre espera a todos los pecadores, cuando se apartan de su pecado y se arrepienten. Cuando escucho confesiones, estoy llamado a ser misericordioso y a conducir a las personas a la misericordia de Jesús, sin aprobar ni justificar el pecado, sino afirmando siempre su misericordia y su perdón, por grande que sea la falta. TO D O E S TÁ E N L A E N T R EG A Después de mi ordenación sacerdotal en 1976, comencé a asistir a retiros ignacianos de ocho días, dirigidos y en silencio. En el seminario, descubrí que el silencio me ayudaba en la ora- ción y a crecer en la intimidad con cada persona de la Trinidad. En el 2004, como obispo, pude vivir un retiro de silencio de 30 días. Llevaba 28 años de sacerdocio en aquel entonces, tres de ellos como obispo en Fargo, Dakota del Norte. Durante la primera semana del retiro, aprendí de Dios el profundo don de la entrega. Había tenido momentos de entrega en mis inicios sacerdota- les: morir a mí mismo y vivir para Dios y para los demás. La entrega de Jesús en su Pasión y en la Eucaristía siempre me pareció una invitación. En esa primera semana del retiro, fui a com- prar un helado y escuché a una joven pareja que caminaba delante de mí, hablando sobre la adoración eucarística. Me dio curiosidad y, discretamente, escuché su conversación. Era intensa; el joven hablaba con pasión mientras avanzábamos por la calle, y yo unos pasos detrás. En cierto momento se detuvieron, y yo también, fingiendo mirar un edificio al otro lado de la calle, pero atento a lo que decían. Él comenzó a hablar de la presencia real de Jesús y de cómo él y tres amigos conducían en silencio para prepararse para su encuen- tro con Jesús al ir a la adoración. Ella parecía desconcertada y le preguntó por qué. Él respondió: "¿No lo ves? Todo está en la entrega. Nuestra entrega a Jesús". "Todo está en la entrega" se convirtió en el tema de aquel retiro de 30 días. Un don puro, dado por el amor providente en ese momento y que permanece conmigo hasta hoy. Al orar con esa frase, comprendí que mi lema episcopal, tomado de las últimas palabras de María en el Evangelio de San Juan, "Hagan lo que él les diga" (Juan 2, 5), forma parte de esa entrega. Aunque no era consciente de la entrega que conllevaba cuando elegí el lema varios años antes, el Señor lo sacó a la luz. Años después, conocí la Novena de la Entrega y la he rezado regu- larmente desde entonces, reiniciándola cada nueve días. G R ATIT U D Esto me lleva al último don que quiero compartir, aunque hay muchos más: el don de la gratitud por estos casi 50 años de

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