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43 ARZOBISPO SAMUEL J. AQUILA | EL PUEBLO CATÓLICO ¿Prometes implorar con nosotros la misericordia de Dios por el pueblo que se te ha confiado, observando el mandato de orar sin cesar?" E sta es la cuarta de seis promesas que un hombre hace en el día de su ordenación sacerdotal. En el contexto de la vida parroquial, el pueblo confiado al cuidado de un sacerdote es, evidentemente, la parro- quia que se le asigna. ¿Y qué sucede cuando la misión de un sacerdote es, a tiempo completo, servir al propio arzobispo? POR EL PADRE MATTHEW MAGEE Sacerdote secretario del arzobispo, 2018-2021 Del 2018 al 2021 tuve el privilegio inmenso de servir como sacerdote secretario del arzobispo, vicecanciller, maestro de ceremonias… y compañero de casa. Poco después de mudarme a la residencia arzobispal e iniciar este ministerio, me sentí un poco abrumado al descu- brir cuánto había que aprender sobre la arquidiócesis de Denver, los detalles de la vida de la Iglesia y la enorme res- ponsabilidad que recae en el propio pastor de una diócesis. Apenas cinco semanas después de iniciar este servicio, los titulares de todos los medios hablaban de la crisis de abusos clericales, primero en Pensilvania con el informe del gran jurado, y luego en Denver y otras partes. En medio de la intensidad de la cobertura y de la incertidumbre sobre el futuro, fui testigo directo de un hombre profun- damente conmovido por la realidad de lo que acababa de sacudir a la Iglesia. El arzobispo, junto con su equipo, dis- cernía y planeaba cómo responder mejor: reuniéndose con víctimas y sus familias, promoviendo Misas de reparación y publicando comunicados, disculpas, artículos y homilías. Pero lo que más me impresionó fue su costumbre de retirarse con frecuencia al silencio de la capilla. Aprendí pronto de él que lo más importante que un padre puede hacer por sus hijos es orar por ellos. Y eso fue exactamente lo que hizo el arzobispo Samuel. Nunca vi un solo día en el que dejara de hacer su hora santa, ni tampoco de celebrar la Misa diaria. Incluso en los días más ocupados, cuando yo sentía que el arzobispo tenía tanto "que hacer" en la oficina, él sabía bien que lo más importante era "estar" con el Señor en la capilla y esperar su respuesta. Me quedó claro que la paternidad espiritual del arzo- bispo tenía su raíz en ser, antes que nada, hijo de Dios Padre. Vivía su sacerdocio en profunda cercanía al Sagrado Corazón de Jesús, el hijo amado. Fue esa cercanía al cora- zón del Padre lo que lo sostuvo a él —y a toda la arquidió- cesis— en tiempos turbulentos. Cuando la crisis de abusos parecía haber dado un res- piro, llegó con fuerza la pandemia del COVID. Pasar la cua- rentena con el arzobispo, algunos sacerdotes y un pequeño grupo de hermanas carmelitas bien podría haber inspirado una comedia (tal vez algún día). Además de interminables rompecabezas y caminatas diarias del rosario dentro de la casa, volví a ser testigo de cómo el arzobispo profundizaba en su oración y en una mayor intimidad con Dios Padre. Son muchas las anécdotas que podría compartir sobre mi tiempo de servicio bajo la guía del arzobispo Samuel, acompañándolo y viviendo con él. La última promesa de la ordenación sacerdotal es la de "respeto y obediencia" al obispo y a sus sucesores. Como "respeto" significa "volver a mirar", agradezco la oportunidad de volver a contemplar la vida y el ministerio del arzobispo Samuel en estos últimos 13 años. El pueblo confiado a su cuidado han sido cientos de miles de fieles. Al prepararse para su merecida jubilación, los invito a unirse en oración para que su corazón sacerdotal siga conformándose al Sagrado Corazón de Jesús. ⊲

