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E
n esta carta de despedida, quiero compartir
algunos de los dones que he recibido como
sacerdote, obispo y discípulo de Jesús,
sirviéndole a él y a los fieles que ha puesto en mi
camino a lo largo de los años. Son dones innume-
rables, inmerecidos y no ganados por mis méritos.
Al recordarlos, llenan mi corazón de asombro y
de gratitud al Padre, a Jesús, al Espíritu Santo y a
María, como mi madre.
Escribo esta carta en la fiesta de Nuestra
Señora de Lourdes y me transporta a mi primer
viaje a Lourdes con mi familia en 1964. Visitamos
a familiares en Sicilia y luego recorrimos el norte
de Italia, Suiza y Francia. En Lourdes, recuerdo
lo mucho que me conmovió la procesión de los
enfermos.
La fe firme de quienes se dirigían a la gruta y
a los baños tocó profundamente mi corazón. Su
fe era palpable y real, recordándome a la de mi
abuela. De niño, la veía orar con fervor, a veces con
lágrimas corriendo por sus mejillas. La fe en Jesús
y en María, que me guiaba hacia Jesús, siempre me
acompañó, incluso en los momentos en que estaba
lejos del Señor. La fe es un don que el Señor me
invitó a recibir desde niño y de joven, y que marcó
el comienzo de mi camino hacia donde estoy hoy. ⊲
hermanas en Cristo:
ARZOBISPO SAMUEL J. AQUILA | EL PUEBLO CATÓLICO