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2 DICIEMBRE 2025-ENERO 2026 | EL PUEBLO CATÓLICO CO LU M NA D E L AR ZO B I S P O C ada diciembre, cuando nuestros hoga- res y vecindarios comienzan a brillar con luces, nuestros corazones vuelven a sentirse atraídos por esta antigua profecía de Isaías. El resplandor que llena nuestras calles y templos es más que un motivo de alegría estacio- nal; refleja una verdad mucho más profunda. Esa gran luz, la verdadera, ha brillado entre nosotros: la luz de Jesucristo, la Palabra hecha carne. La encarnación, Dios tomando nuestra huma- nidad, es el misterio más magnífico de toda la historia, después del misterio de la Santísima Tri- nidad. Por el humilde "sí" de María, el hijo eterno de Dios entró en nuestro mundo, no como un gobernante distante, sino como un niño. El men- saje del ángel a María revela la maravilla de ese momento: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios; vas a concebir en tu seno y dar a luz a un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Luz brillante en medio de la oscuridad POR EL ARZOBISPO SAMUEL J. AQUILA El pueblo que andaba a oscuras percibió una luz cegadora. A los que vivían en tierra de sombras una luz brillante los cubrió ". ISAÍAS 9, 1 Él será grande, le llamarán Hijo del Altísimo… y su reino no tendrá fin" (Lucas 1, 30-33). En ese instante, el cielo y la tierra se encon- traron. El infinito se volvió un infante. La luz que Isaías anunció irrumpió en la historia humana, no como un fuego ardiente ni como un trueno desde lo alto, sino como el suave resplandor del rostro de un recién nacido. La luz de una estrella condujo a los magos a adorar a Jesús. Y Jesús, la luz del mundo, sigue brillando en nuestros cora- zones, en nuestras familias, en nuestra Iglesia, en el mundo y aun en las tradiciones alegres que acompañan este tiempo sagrado. Nuestras decoraciones navideñas, las luces y las celebraciones pueden ser verdaderos actos de fe cuando se realizan con el corazón puesto en Cristo. Las luces que titilan en los árboles y las casas recuerdan la luz que vence toda oscu- ridad. Los cantos que entonamos hacen eco de la alegría de los ángeles. La belleza de nuestros templos adornados para la Natividad, el cálido resplandor de las velas y la alegría de las reunio- nes familiares expresan la grandeza del don que hemos recibido. Hay algo profundamente correcto en celebrar

