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2 OCTUBRE-NOVIEMBRE 2025 | EL PUEBLO CATÓLICO L A S A N ACI Ó N I N CLU Y E L A M E N T E Como católicos, a menudo nos cuesta hablar abiertamente sobre la salud mental, aunque afecta a casi todas las familias y parroquias. Pero si creemos que somos una unidad de cuerpo, mente y alma, entonces debemos afirmar también que Dios desea sanarnos en cada una de esas dimensiones. La salud mental no es algo ajeno al evangelio; es parte de la vida en abundancia que Jesús vino a darnos. Recibir terapia o consejería no es traicionar la fe, sino participar del cuidado providente de Dios. Así como acudimos al médico por un hueso roto, también podemos buscar ayuda para la depresión, la ansiedad o el trauma. Estos servicios, basados en la verdad y caridad, forman parte del plan del Padre para nuestro f lorecimiento. La sanación es una cooperación entre la misericordia divina y los medios que él nos da. Llevemos nuestras heridas a Dios con confianza. Nada es imposible para Dios. N O S O LO PA R A M Í, S I N O PA R A N O S OT R O S Otra tentación es ver la sanación como algo meramente individual. Pero la sanación cristiana nunca ter- mina en el "yo". Todo don del Padre está destinado a fluir hacia afuera para edificar el Cuerpo de Cristo. Cuando permites que Dios sane tus heridas, te conviertes en instrumento de sanación para los demás. Muchos cargan cruces pesadas: padres que luchan con las exigen- cias de la vida familiar, adolescentes que buscan identidad y pertenencia, ancianos que enfrentan la soledad, quienes sufren en silencio enferme- dades mentales y aquellos se sienten agotados por el ritmo de la vida. Cristo nos llama a ser una comunidad de compasión, donde nadie cargue solo con sus heridas. La sanación también es esencial para quienes buscan una vocación. Entre más integrados estén los sacer- dotes, diáconos y religiosos —espiri- tual, emocional y mentalmente— más libres serán para entregarse. Los seminarios y programas de formación reconocen cada vez más que la aten- ción a la salud mental es parte inte- gral del discernimiento y del ministe- rio a lo largo de la vida. P L E N IT U D H U M A N A La Iglesia siempre ha enseñado que Dios nos creó para una vida en abun- dancia. Jesús nos dice: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Juan 10, 10). Esta abun- dancia no significa una vida libre de sufrimiento, sino una vida en comu- nión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La sanación y la plenitud son esenciales para florecer como hijos de Dios. Este florecimiento nos capacita para servirnos unos a otros con amor. Cuanto más plenos somos, más capa- ces seremos de escuchar con pacien- cia, perdonar con generosidad y amar de manera sacrificial. G R ATIT U D P O R E L T R A B A J O C ATÓ L I CO E N S A LU D M E N TA L Quiero expresar mi profunda grati- tud a consejeros, terapeutas, psiquia- tras y ministros pastorales católicos. Realizan una labor heroica tendiendo puentes entre psicología y espiritua- lidad. Nos recuerdan que la gracia se apoya en la naturaleza y que la miseri- cordia de Dios abarca todas las dimen- siones de la persona. Ayudan a que las personas lleven sus heridas a Jesús, para que su amor les traiga sanación. CO LU M NA D E L AR ZO B I S P O Dios Padre desea tu sanación y plenitud A lo largo de los evangelios, Jesús es claro: el Padre desea sanar a sus hijos. Sanó a los ciegos y a los cojos, devolvió al leproso a la comuni- dad, liberó a los poseídos de la opresión e incluso devolvió la vida a los muertos. Cada uno de estos milagros señala una verdad que nunca debemos olvidar: Dios quiere sanarte. Con demasiada frecuencia cargamos con heridas de trauma, pecado, desilu- sión o rechazo como si tuviéramos que soportarlas solos.. Nos convencemos de "arreglarnos" por nuestra cuenta, creyendo —como propone la cultura actual— que la sanación viene solo de la autorrealización, el pensamiento positivo o técnicas de autoayuda. Aunque el autoconocimiento y crecimiento tienen valor natural, la visión cristiana de la sanación es más profunda, integral y transfor- madora. La sanación no comienza en uno mismo, sino en Dios. El Padre anhela traer plenitud a nuestra vida.

