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2025_EPC_Febrero-Marzo

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Lo esencial de los amigos es que com- parten sus dones: uno comparte con el otro lo que es y lo que tiene en reci- procidad. Y Cristo es el modelo per- fecto de esto; no solo nos ha dado a conocer todo lo que ha oído del Padre, sino que nos ha hecho partícipes de todo lo que ha recibido del Padre: "Les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno" (Jn 17, 22). L A C A R I DA D CO M O I N T E R C A M B I O D E A M O R El intercambio de amor que el Padre y Cristo tuvieron en el Espíritu es el intercambio de amor que Cristo tiene ahora con nosotros gracias al mismo Espíritu. Con esta gracia del Espíritu, aquel padre, aquel esposo y aquel amigo, quienes ahora aman como cristianos, amen también con el amor de Cristo. No sólo con su amor humano, es decir, con su amor pater- nal o conyugal, o amor de amistad, sino con el amor de Cristo, con la caridad. Un fuego habita en sus cora- zones, como habitaba en el corazón de Cristo. Y este fuego no solo da una nueva fuerza, una energía insospe- chada, sino que da una nueva calidad a nuestro amor, una dirección única y precisa. La caridad nos mueve y nos orienta a amar a Dios como fin último de nuestra vida, él que ha conquistado nuestros corazones, nos atrae hacia sí y nos llama a unirnos a él. Al mismo tiempo, la caridad nos mueve a amar a las personas para que puedan reali- zar su vida en Dios, para que también ellas puedan unirse a Dios en la fragi- lidad de nuestra comunidad terrenal. Así, no hay división entre amar a Dios y amar al prójimo, porque cuando amamos al prójimo, lo amamos no solo para que viva una vida feliz, sino para que pueda realizar su vida en Dios, para que la gloria de Dios brille en él también ahora. La caridad engrandece el corazón de ese padre y lo ayuda a amar a su hijo para que su hijo pueda realizar su vida en Dios, no solo en la vida eterna, sino también aquí en la tierra, en la comunión familiar. Engrandece el corazón del esposo y de la esposa y los ayuda a vivir el uno para el otro en una reciprocidad creativa de su amor conyugal, no solo en la vida eterna, sino también en la tierra. El amor conyugal se transforma así en caridad conyugal, como decía san Juan Pablo II, y así el matrimonio se convierte en lugar de alianza con Dios, canal de las gracias divinas. Quien ama y perdona a su ene- migo no pone simplemente la otra mejilla, sino que, más aún, su amor y su perdón serán como los de Cristo, porque participan realmente de él. Así como Cristo murió por nosotros cuando todavía vivíamos en la impie- dad y enemistad con Dios (Rm 5), nuestro perdón amoroso puede gene- rar nueva vida, transformando a los enemigos en amigos. Quien ama y perdona viviendo en gracia manifiesta el amor que ha recibido de Cristo; así, su amor y su perdón pueden transformar al ene- migo en amigo. "Donde no hay amor, pon amor y cosecharás amor", decía el poeta místico san Juan de la Cruz. Cuando el Espíritu de Cristo entra en el corazón humano, hace que nues- tros amores sean verdaderos y santos, capaces de santificar, incluso de dei- ficar. Esta es la verdadera amistad y caridad cristiana. Este es el amor que transforma a las personas, a las fami- lias, a la sociedad. Este amor se desborda en noso- tros en la Eucaristía. Allí no tenemos ninguna duda: "Mi cuerpo por ti", que significa que Dios nos ama hasta el extremo. Son palabras claras que nos hacen ver la inmensidad de su amor. Y quien dice "amén" y recibe el Cuerpo de Cristo se deja llevar por el dina- mismo de su amor para decir a su hijo, a su esposa, a su enemigo: "Mi cuerpo por ti", "mi vida por ti", "mi tiempo por ti", "mis recursos por ti". Si ves este amor, ves la Trinidad. 8 FEBRERO-MARZO 2025 | EL PUEBLO CATÓLICO

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