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2025_EPC_Febrero-Marzo

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Esto es verdad porque el amor humano refleja la Trinidad: el amante (el Padre), el amado (el Hijo) y el amor mismo (el Espíritu Santo). Pero aún más, es verdad porque si ese padre, esa esposa y ese hombre son cristia- nos y viven en gracia, entonces aman con el amor divino que habita en su amor humano. La tradición cristiana ha dado a este amor un nombre espe- cial: caridad. Hoy, reducimos la caridad a las obras de caridad que hacemos por los demás. Ciertamente, también estas son caridad. Pero la caridad es algo mucho más grande: no solo indica una acción, sino el amor que Cristo nos ha dado, que por la gracia se con- vierte en nuestro amor e inspira una nueva vida con una amplia variedad de acciones. La caridad no es solo el amor que Cristo tiene por nosotros, sino el amor que él nos da; no es solo el amor que él nos manda tener por los demás en los dos "principales mandamientos" sino el amor que nos permite cumplir esos mandamientos. Por sí sola, esta enseñanza habría sido un ideal imposible de alcanzar. Nos habríamos quedado estancados en la tensión de amar a Dios por encima de nosotros mismos y al prójimo como a nosotros mismos. Pero, gracias a Dios, Cristo no solo nos enseñó un amor nuevo, sino que nos dio este nuevo amor, su amor, el amor que lo movía a amar al Padre y a amarnos a nosotros. Este amor —la caridad— hace posible amar a Cristo y al prójimo. E L A M O R D E CR I S TO ¿Cómo era su amor? Un amor humano que sabía de afecto y corpo- reidad, de sentimientos y relaciones, de decisión y de verdad. El Espíritu Santo movió y encendió este amor: "Por el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios" (Hb 9, 14). El mismo Espíritu que movió el corazón de Jesús para entregarse tan completamente es el que Cristo nos da. Su Espíritu Santo, que habita en nosotros, también puede movernos y encendernos. El Espíritu exclama en nuestro corazón: "¡Abba, Padre!", y nos acerca al corazón del Padre. Ese mismo espíritu puede movernos a entregarnos al Padre como lo hizo el mismo Cristo. Así, el Padre reconoce a su Hijo en cada uno de nosotros. Y los demás, al ver nuestro amor —nuestra caridad— por los demás, reconocen que somos discípulos del Señor. El gran monje san Máximo el Con- fesor notó esa misma dinámica en el siglo VII: "Muchos han hablado sobre el amor, pero después de buscarlo, lo he encontrado solo entre los discípu- los de Cristo". Por lo tanto, recibimos de Cristo no solo una enseñanza magnífica o una ley más perfecta, sino un amor nuevo. Reflexionando sobre las pala- bras de Cristo en Juan 15, 15 —"Ya no los llamo siervos, sino amigos"— santo Tomás de Aquino vio que Cristo podía llamarnos amigos no porque simplemente tuviera un sentimiento de empatía con nosotros o porque nos "sintiéramos" amados por él. Para el teólogo medieval, la esencia del amor no estaba en los sentimientos, sino en nuestra participación en la bienaven- turanza de Dios; por medio del Espí- ritu Santo, somos hechos partícipes de la felicidad de Cristo. Lo propio de los amigos no son los sentimientos que tienen, pues los sentimientos son como una chispa que va y viene. ⊲ "VeslaTrinidad siveslacaridad". ¿Qué ves cuando ves a una persona que perdona a su enemigo después de una dolorosa ofensa? La respuesta de san Agustín es clara: 6 FEBRERO-MARZO 2025 | EL PUEBLO CATÓLICO

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