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P R E S E N C I A
El sacrificio de la Euca-
ristía trae la presencia
amorosa de Dios. Es tan
común pensar o escuchar
a la gente hablar sobre
la idea romántica de no
haber conocido a Jesús
como lo hicieron los pri-
meros discípulos. Si tan
solo hubiéramos pasado
algunas de esas veladas
íntimas con él junto al mar
de Galilea, nuestra vida
sería mucho mejor, ¿no es
cierto?
Sin embargo, hoy no
"recibimos menos" de la
presencia de Jesús. San
Ignacio de Antioquía
decía camino al martirio:
"Nuestro Dios Jesucristo,
por estar en el Padre, se
manifiesta incluso más".
¡Podemos ver a Jesús más
que aquellos pocos que
pasaron algunos días y
noches con él en Galilea!
Podemos estar con él por
ese sacramento que Igna-
cio llamó "el pan de Dios,
que es la carne de Cristo;
su sangre, que es caridad
incorruptible".
En la caridad incorrup-
tible de la Eucaristía, la
presencia de Dios no se
restringe a las limitaciones
de tiempo y espacio asu-
midas por la encarnación.
El Señor está realmente
presente en cada altar, en
cada sagrario. En efecto,
"¿hay alguna nación tan
grande que tenga los dioses
tan cerca como lo está Yaveh
nuestro Dios siempre que le
invocamos? " (Dt 4,7).
EUCARISTÍA
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El pan de Dios, que es
la carne de Cristo; su
sangre, que es caridad
incorruptible".